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Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Adrián Barbón

Clausura asamblea Asociación Asturiana de Empresa Familiar

13/07/2020

Les agradezco que me hayan invitado a participar en su asamblea anual. Después de la temporada que hemos pasado, cualquier acontecimiento que nos aproxime a la normalidad es bienvenido. En realidad, tengo un doble motivo para celebrar este encuentro: que hayan podido realizarlo, algo que de por sí es im portante, y estar aquí acompañándoles.

He citado la normalidad con intención. Ya saben que se ha revalorizado mucho en los últimos meses, hasta convertirse en una especie de patrón oro de nuestros días. Voy a ocuparles unos minutos dedicándome precisamente a reflexionar sobre esta idea: a qué normalidad (entrecomillada) debemos aspirar a estas alturas de julio de 2020.

Voy con un ejemplo, que siempre se entiende mejor. Hoy debemos considerar normal el uso de mascarilla, que nos lavemos las manos con frecuencia o que mantengamos la distancia de seguridad. Son recomendaciones que hemos ido asimilando hasta hacerlas cotidianas. Sabemos bien que antes (no hace falta especificar a qué anterioridad me refiero) no nos comportábamos así; puede que incluso nos provocase un punto de sospecha que alguien se nos acercara con la boca y la nariz cubiertas. Ahora, sin embargo, que un interlocutor lleve la mascarilla bien ajustada nos infunde seguridad. Las circunstancias han convertido en deseable algo que antes era inusual. O, dicho con otras palabras, la necesidad se ha impuesto a la vieja normalidad.

Traslado el mismo planteamiento a la economía dando un pequeño rodeo. Durante el encierro, muchas empresas se vieron obligadas a paralizar su actividad o, cuando menos, a reducirla notablemente. Todos éramos conscientes de que el confinamiento iba a provocar una recesión, tanto que se llegó a abrir una especie de dicotomía entre salud y economía. Sin esforzarnos, recordaremos que hubo países que eligieron de mano la segunda opción: eran los que defendían la tesis de la “inmunidad de rebaño”, basada en alcanzar un alto número de contagios –se habla de un 70% de la población- para ganar inmunidad y esquivar la reclusión. En Europa, quienes lo intentaron tuvieron que rectificar sin haber evitado millares de víctimas ni un daño económico colosal.

Ahora mismo, los expertos no se ponen de acuerdo en el impacto de la crisis ni en cómo será la curva de la recuperación: que si en uve, en ele mayúscula, en forma de u panzuda o como el logotipo de Nike… Hay abecedario y cálculos para todos los gustos, pero basados en un mismo supuesto: que no sea necesario un nuevo confinamiento, que no haya que volver a parar el país (o Europa entera). Si eso ocurriera, las estimaciones saltarían hechas añicos.

De este modo, preservar la salud pública se revela imprescindible para superar la recesión. Siempre he dicho que el Gobierno de Asturias lo tiene muy claro: lo primero, salvar vidas, porque cada existencia, única e irreemplazable, es un valor supremo. Ahora bien, sería absurdo desconocer la relevancia económica de contener la pandemia. Fijémonos, otro botón de muestra, en el turismo: la baja incidencia del virus se ha convertido en el mejor atractivo de la marca Asturias. Mantener nuestra comunidad a salvo de la COVID-19 no tiene precio. No nos engañemos: si los contagios hubiesen golpeado con más fuerza el Principado, los perjuicios empresariales y laborales serían muchísimo mayores; no caigamos por tanto en el error de pensar que la economía va por un lado y la salud pública por otro, como espacios separados y estancos.

En estas circunstancias, asegurar la salud es el mayor apoyo que podemos prestar a las empresas familiares, a todas nuestras empresas. Cuando el Gobierno del Principado defendía el estado de alarma, abogaba por prorrogarlo en las comunidades más afectadas y alertaba del riesgo que conllevaba la reanudación de la movilidad estaba también hablando de favorecer la recuperación de Asturias. Por desgracia, los hechos nos están dando la razón todos los días. Nuestras cautelas estaban justificadas.

A estas alturas de julio, como decía al principio, tenemos que aspirar a que nuestra normalidad permita mantener Asturias abierta, activa y en marcha. Algo en apariencia tan sencillo como eso: que los hoteles reciban turistas, que los bares y cafeterías atiendan a sus clientes, que los autobuses circulen con viajeros; en fin, que las empresas de toda condición continúen funcionando sin verse forzadas de nuevo a recurrir a los expedientes de regulación, a bajar la persiana o echar el cierre. No debemos relajarnos.

No podemos porque nuestra normalidad no es la que era y no podemos analizar la realidad con las mismas lentes. Hemos de asumir a todos los efectos que no hemos vuelto al mundo anterior. Si hace unos meses nos avisaran de que la Comisión Europea prevé una caída del PIB nacional superior al 10%, echaríamos las manos a la cabeza. Si nos añadieran que se baraja un aumento de la deuda pública hasta el 120% del PIB, darían ganas de salir corriendo. Aceptamos estas previsiones (con preocupación, ciertamente) porque entendemos que son propias de un momento excepcional.

Lo mismo vale, y lo apunto sin ánimo polemista, al juzgar la política tributaria. Si hemos hecho del auxilio de las administraciones públicas una herramienta crucial, es lógico asumir que exista una necesidad extraordinaria de recursos. Una fundación tan poco sospechosa como Fedea proponía el lunes pasado la implantación temporal de un recargo al IRPF para reducir el déficit público.

Pero aparco esa cuestión. En este acto quiero enfatizar la importancia de que sus empresas puedan continuar funcionando -y, a poder ser, creciendo- porque ese es el mejor motor posible para acelerar la recuperación. Para Asturias, donde el porcentaje de micropymes es tan alto, cuidar el tejido empresarial resulta básico.

No es una preocupación nueva. De hecho, hace años ya que el Gobierno del Principado mantiene, a través del IDEPA, una línea de ayudas a la empresa familiar que se ha traducido en apoyo a 140 empresas, con una subvención concedida de 1,6 millones.

No es una inquietud nueva, pero a raíz de la crisis sanitaria también hemos acordado medidas de carácter extraordinario que nos han permitido conceder a través de Asturgar otros 6,9 millones en ayudas en avales bancarios a 123 pymes y autónomos, 37 préstamos al sector turístico por importe de 607.000 euros y 46 micropréstamos a autónomos por 643.000 euros.

A esas medidas hemos de añadir el esfuerzo para agilizar la tramitación de los ERTE, los aplazamientos tributarias a empresas y particulares o la posibilidad de que pymes, autónomos o grandes empresas pudiesen rebajar sin coste alguno la potencia contratada.

Y otras de mayor ambición y que tendrán efecto a medio plazo, como la reforma y puesta al día de la Administración que estamos promoviendo para, entre otros objetivos, controlar el gasto, suprimir duplicidades, ganar en eficacia y agilizar la tramitación con la poda de excesos burocráticos. Será una contribución importante al dinamismo económico. Con las palabras que utilicé antes, cuando hablamos de reformar la Administración, también hablamos de impulsar la economía.

En fin, para no entretenerles demasiado, debemos aspirar a que otro rasgo de esta normalidad sea el entendimiento, la confluencia amplia en torno a objetivos comunes. La crispación, que sobra siempre, ahora es especialmente dañina. Todos dependemos de todos, también para la recuperación. A este propósito, les animo a que no dejen de trasladar al Gobierno de Asturias las propuestas que consideren oportunas para facilitar su actividad. Siempre tendrán abiertas las puertas de mi Ejecutivo. Estas semanas, precisamente, queremos agilizar las negociaciones de la concertación con Fade y los sindicatos para alcanzar pronto un acuerdo que nos sirva de base para afrontar un período decisivo en el porvenir económico de Asturias.

Me quedan dos cuestiones por decir. Nunca tuve dudas de la importancia, de la capacidad ni del potencial de las empresas asturianas. Ahora, además, han demostrado una gran responsabilidad. Estoy refiriéndome en especial, y quiero citarlo expresamente, a las compañías de distribución comercial de la alimentación, cuya labor ha garantizado el abastecimiento, ha transmitido seguridad y ha favorecido al sector agroalimentario. Merecen un reconocimiento público.

La segunda cuestión es más rutinaria. Esta sí que entra en la plena normalidad:

Queda clausurada la asamblea anual de socios de la Asociación Asturiana de Empresa Familiar.

Muchas gracias por su atención.


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